La tectónica creó las selvas de Asia, pero no actuó sola
El lento choque de Australia contra Asia ayudó a llenar de especies los bosques del sudeste asiático, pero nuevos fósiles en ámbar apuntan a una historia más antigua y enrevesada.
Foto: T. R. Shankar Raman / Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)
¿Y si los bosques más ricos del sudeste asiático deben más a un atasco continental que al clima tropical al que solemos atribuírselo? La idea resulta tentadora. Pero las pruebas indican que la historia real es más sutil que «un continente choca con otro y el bosque se enriquece», y en nuestra opinión ahí está lo interesante.
Una colisión que abrió un puente, no una compuerta
La tesis principal es sencilla. Según explica Spektrum, la tectónica de placas transportó animales y plantas a través de los océanos, y por eso la selva del sudeste asiático llegó a ser especialmente diversa.
Las pruebas botánicas respaldan una versión de esa idea. Un artículo sobre las floras de Asia tropical y Australasia describe una ruta migratoria transecuatorial que parece haber surgido de la colisión de las placas australiana y asiática después del Oligoceno tardío. Unas judías fósiles gigantes del Borneo indonesio, de la leguminosa extinta Jantungspermum gunnellii, indican que los antepasados del árbol de la judía negra viajaron de Asia a Australia durante esa colisión.
Fíjate en la dirección de este último caso. El tráfico no fluyó solo hacia el norte. El propio título del artículo habla de migración «asimétrica», lo que interpretamos como señal de que el intercambio fue desigual y no una entrega en un único sentido de especies australianas a Asia.
El ámbar complica la tersa historia tectónica
Ahora, el giro. Investigadores de la Curtin University explican, según recoge phys.org, que unos fósiles en ámbar revelan cómo una antigua masa de tierra australiana ayudó a sembrar los bosques tropicales del sudeste asiático. Los ejemplares proceden de ámbar del Cretácico medio de Kachin, en Birmania, y el estudio presenta una isla del Cretácico medio como cuna de la vida vegetal del sudeste asiático. Los investigadores afirman que los hallazgos cuestionan la idea, mantenida desde hace tiempo, de que los diversos ecosistemas de plantas con flor de la región se originaron mucho más recientemente.
Eso importa para la tesis. Si las plantas con flor ya se habían diversificado tan pronto, la colisión tardía no puede ser el origen de la riqueza. Parece más bien un segundo acto: un puente que permitió que se mezclaran linajes ya existentes, sobre una base mucho más antigua. Llamaríamos a la tectónica un motor de biodiversidad, pero uno que funciona por etapas, no un único evento de ignición.
Hay también incertidumbre, y conviene admitirla. El artículo sobre la migración dice «especulamos» que las cadenas de islas formadas tras la colisión, junto con el cambio climático, impulsaron las migraciones de plantas con semilla desde el Mioceno medio. Añade que la dispersión biótica y un hábitat estable pueden ser cruciales. «Especular» y «pueden» son las palabras adecuadas. Se trata de una reconstrucción a partir de fósiles y distribuciones, no de un suceso registrado, y deberíamos leer los titulares sobre «cómo Australia enriqueció a Asia» con eso en mente.
Las raíces profundas son un argumento para proteger, no para relajarse
¿Qué debería llevarse el lector? Primero, una advertencia escéptica: una historia de origen ordenada es satisfactoria, pero arriesgada. Cuando un único hecho dramático se lleva el mérito, los ingredientes más discretos (linajes más antiguos, hábitats estables, climas cambiantes) quedan fuera de plano. La mejor lectura del trabajo actual, en nuestra opinión, es que los bosques son una herencia en capas.
Segundo, la parte de la tesis que suscribimos sin reservas. Si la riqueza tardó decenas de millones de años en formarse, a través de cadenas de islas, dispersión y viejos refugios, no se puede reconstruir a escala humana. Esos fósiles registran un proceso que requirió tiempo geológico. Un bosque talado no recupera ese tiempo.
Aquí la geología se convierte en un argumento de conservación. Solemos defender las selvas por lo que hacen ahora: carbono, lluvia, hábitat. El registro fósil añade otra razón. Muchos de sus linajes pueden ser supervivientes de largos viajes a través de océanos y placas, y algunos quizá se remonten al Cretácico. Eso es algo carísimo de perder.
También seríamos prudentes a la hora de convertir esto en un eslogan. «La tectónica de placas explica la biodiversidad» es cierto en el mismo sentido en que lo es «los ríos explican las ciudades»: nombra una fuerza poderosa y se salta todo lo demás. La investigación citada aquí apunta a que la tectónica, el clima, la geografía insular y una historia evolutiva profunda actúan conjuntamente.
Nuestro veredicto: trata la colisión entre Australia y Asia como un capítulo importante, no como el libro entero. Disfruta de la idea de que unos continentes que se acercaron a la deriva sembraron bosques; luego lee un nivel más abajo, donde el ámbar del Cretácico sugiere que el libro empezó mucho antes. Y si la lección es que la diversidad tiene raíces tan profundas, la recomendación práctica es clara: proteger lo que queda, porque nada en el calendario del planeta puede volver a hacerlo crecer deprisa.
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