El número de Science sobre salud femenina no sirve si no cambian las reglas
Tratar a las mujeres como hombres pequeños fue un fallo metodológico, no un descuido. Un número especial no lo arregla; sí podrían hacerlo los ensayos, las dosis y la financiación.
Imagen generada con IA
¿Se puede arreglar con un número especial una ciencia que durante generaciones trató a la mitad de la humanidad como un error de redondeo? Probablemente no. Pero es un comienzo, y importa cómo se plantea.
Qué ha hecho realmente Science
Según informa STAT, la revista Science ha dedicado un número a la salud de la mujer, en el que analiza las diferencias según el sexo en muchas enfermedades y pide más financiación y más mujeres en los ensayos clínicos. La propia publicación de la revista en redes sociales dice que el número explora una comprensión creciente de las diferencias entre sexos en la salud y la enfermedad, y cómo la salud de la mujer va mucho más allá de la reproducción.
A nuestro juicio, es una buena noticia, pero limitada. Un número de una revista puede amplificar un problema que los investigadores llevan años documentando. No puede, por sí solo, cambiar cómo se llevan a cabo los ensayos. Y el fondo es difícil de discutir: como publicó El Periódico en 2019, la mayoría de los estudios sobre salud y enfermedad, y la mayoría de los ensayos de fármacos nuevos, se han hecho con animales machos o con pacientes varones. El objetivo era una muestra homogénea cuyos resultados pudieran aislarse y aplicarse después a todo el mundo.
Era un método, no un descuido
«Descuido» implica que nadie miraba. Aquí alguien eligió. Usar machos para reducir la variabilidad fue una decisión de diseño, defendida en nombre de la objetividad. Una historiadora de la ciencia citada por El Periódico lo resumió bien: objetiva, sí; neutral, no. El artículo señala también que las fluctuaciones hormonales se usaron para justificar la exclusión de las hembras, aunque ambos sexos pasan por ciclos así. A nuestro juicio, ahí está la clave: se vistió de rigor una comodidad.
Y el coste no es abstracto. Un texto publicado por El País afirma que una mujer que sufre un infarto tiene el doble de probabilidades de morir que un hombre, porque los síntomas masculinos se trataron como los genéricos. Es un artículo de opinión de una sociedad científica, con un enfoque reivindicativo, y no una estimación revisada por pares, así que no daríamos la cifra por definitiva. Sin embargo, la dirección de la afirmación encaja con lo que dicen los investigadores citados por El Periódico sobre los fármacos: los medicamentos psiquiátricos no funcionan igual en hombres y mujeres, y los efectos secundarios también difieren.
Hay además una ironía para los científicos que valoran la reproducibilidad. Investigadores de Cambridge citados en ese mismo artículo sostienen que el sesgo de género es uno de los factores que contribuyen a los problemas de replicación en la investigación preclínica. Un sesgo que hace los resultados menos transferibles no solo es injusto: es mala ciencia.
Las palabras son baratas; las normas, no
Aquí es donde nos ponemos escépticos. Un número especial es una declaración de intenciones. Una frase en una revista no puede cambiar lo que exige un regulador, lo que paga un financiador ni cómo se recluta a los participantes de un ensayo. Pedir más mujeres en los ensayos clínicos es la parte fácil.
¿Qué contaría como un cambio real? Buscaríamos tres cosas: una inclusión y unos informes desglosados por sexo que sean condiciones para la aprobación y la financiación, y no meras recomendaciones; estudios de dosificación que examinen el sexo como una variable y no como una nota al pie; y dinero específico para investigar las diferencias entre sexos. Las políticas públicas son claramente una palanca, pero no una sencilla. Un artículo de Science Advances de 2025 describe políticas destinadas a reducir las desigualdades de salud por sexo y género, y una revisión de 2026 sostiene que el sexo y el género siguen integrándose en la investigación sanitaria de forma irregular e insuficiente. Es decir, tras años de políticas, la integración sigue siendo desigual.
El sesgo tampoco se limita al laboratorio. Los estudios resumidos por Mujeres con Ciencia describen que se invita con menos frecuencia a las mujeres como revisoras por pares y que se les hacen menos preguntas en los congresos. Cambiar quién está en la sala forma parte de cambiar quién está en el ensayo.
Nuestro veredicto
Hay que aplaudir el número y después auditarlo. La prueba no es si Science ha llevado el problema a sus páginas, sino si, dentro de tres o cinco años, los ensayos que respaldan la aprobación de nuevos fármacos informan de los resultados por sexo como algo normal, y si los financiadores han puesto dinero detrás de esa exigencia. Si lees noticias de salud, hazle una pregunta a cada estudio: ¿quién participó? Si la respuesta es que sobre todo hombres, trata el titular como una hipótesis para la mitad de la población, no como un hallazgo para toda ella.
Un número especial vale exactamente lo que valgan las normas que vengan después.
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