Juzga la política climática por las personas, no por los grados: el aviso de The Lancet
Casi 3 millones de muertes por calor desde 2016 demuestran que la política climática debería medirse en vidas y horas de calor peligroso, y no solo en fracciones de grado.
Foto: Mtaylor848 / Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0)
¿Por qué seguimos hablando del cambio climático como si fuera un problema de termómetro? «1,5 grados» es una abstracción. 710.000 muertes relacionadas con el calor en un solo año, más de dos tercios de ellas atribuidas al cambio climático de origen humano, no lo es. El 10.º informe Lancet Countdown, publicado el 28 de octubre, defiende cambiar la unidad de medida.
Qué dice el informe
Según el informe, recogido por Hindustan Times, el calor se vinculó con una media estimada de 540.800 muertes al año entre 2016 y 2023. De ellas, el 68 % se debió al cambio climático, frente al 55 % de 2006-2015. Solo en 2023, el año más caluroso de ese periodo, se registró el máximo: 710.000 muertes, más que la malaria o el VIH. En total, se atribuyen al cambio climático casi 3 millones de muertes por calor en ese periodo.
Los autores, 146 investigadores, quieren que el cambio climático se reconozca como una «emergencia sanitaria mundial», con un mecanismo de respuesta de emergencia coordinado entre Estados, según informa Boursorama. Seguiría el modelo de la OMS ante las pandemias, pero, en palabras de la directora ejecutiva, Marina Romanello, «no para reaccionar a una sucesión de emergencias», sino para ofrecer una respuesta coherente a largo plazo.
Las muertes marcan mejor el resultado que los grados
Un objetivo de temperatura dice poco sobre quién sufre. Una métrica sanitaria, sí. El informe señala que el sudeste asiático y África perdieron el equivalente al 3,9 % y al 3,2 % del PIB por la pérdida de productividad debida al calor, frente al 0,2 % de Europa. El mismo calentamiento global golpea de forma muy distinta a un trabajador al aire libre que a un oficinista con aire acondicionado. Hasta las cifras de la India son concretas: más de 2.600 horas al año con riesgo de estrés térmico moderado o superior durante una actividad moderada al aire libre, y unas 64 horas de sueño perdidas al año por las noches calurosas.
A nuestro juicio, ese es el verdadero cambio. Si se juzgara a los gobiernos por la exposición al calor y las muertes evitables, el gasto en adaptación (sistemas de alerta, acceso a espacios frescos, centros de salud que saben quién es vulnerable) probablemente dejaría de ser la hermana pobre de la mitigación. Sospechamos que los ministerios de Sanidad ganarían un asiento en mesas donde hoy mandan los de Energía y Economía.
Hay además indicios de que el enfoque sanitario premia la acción. El informe atribuye al aire más limpio la prevención de unas 323.000 muertes al año en al menos 77 países donde ha bajado la contaminación atmosférica por combustibles fósiles desde 2016. Aun así, esa contaminación sigue causando 2,73 millones de muertes al año. Reducir las emisiones es una intervención sanitaria con un beneficio medible, no un sacrificio para las generaciones futuras.
Matices: las cifras son modelos y una etiqueta no es un presupuesto
Estas muertes no se contabilizan a pie de cama como «causadas por el clima». Como explicó el profesor Ollie Jay, de la Universidad de Sídney, los investigadores tomaron las muertes por calor registradas por los Estados y restaron las que habrían ocurrido sin cambio climático, a partir de un escenario contrafactual. Son, por tanto, estimaciones, y no leeríamos la tercera cifra al pie de la letra. El mensaje central, sin embargo, no depende de ella.
También somos escépticos con que una declaración, por sí sola, cambie mucho. Que la etiqueta de «emergencia» desbloquee dinero es una previsión, no un hecho, y dudamos de que lo logre por sí sola. El panorama de la financiación no es alentador: según informa Sud Ouest, la financiación de la investigación sobre clima y salud se multiplicó por siete hasta los 316 millones de dólares en 2024, pero el 84 % va a investigadores de países ricos, mientras que los países más pobres son los más afectados. Romanello añadió que, por primera vez, han desaparecido algunas fuentes de datos, en particular de Estados Unidos, entre ellas las subvenciones a los combustibles fósiles que las autoridades estadounidenses no hacen públicas. No se puede gestionar lo que se deja de medir.
Qué hacer con todo esto
El informe llega antes de la COP31 (del 9 al 20 de noviembre). Nuestra recomendación es sencilla: plantea a los negociadores, y a tus propias autoridades locales, otra pregunta. No «¿cuál es el objetivo de temperatura?», sino «¿cuántas horas de calor peligroso afrontarán nuestros trabajadores, niños y mayores, y qué los protege?». Según el informe, hasta ahora solo 56 de los 194 países miembros de la OMS han adaptado sus sistemas sanitarios. La declaración de emergencia es lo menos importante de este documento. Lo importante es la métrica.
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