El silencio de dos días del Voyager 1 es una advertencia, no un epitafio
Una sonda de hace décadas no respondió en dos contactos programados y volvió a comunicarse sola. La lección está en las antenas en la Tierra y en los ingenieros que siguen escuchando.
Foto: NASA/Canberra Deep Space Communication Complex / Wikimedia Commons (Public domain)
¿Qué haces cuando lo más lejano que ha construido la humanidad deja de contestar al teléfono? Sobre todo, seguir marcando. Esa es la historia discreta que hay detrás de las 48 horas de silencio del Voyager 1 y, en nuestra opinión, es mejor historia que la de la «misteriosa desaparición» que prefieren los titulares.
Dos llamadas perdidas y una sonda que volvió a responder
Según la información basada en la actualización de la NASA del 29 de octubre, la Deep Space Network, el sistema de grandes antenas de Estados Unidos, España y Australia, no detectó la señal de radio del Voyager 1 en dos contactos programados, el 18 y el 19 de octubre. El contacto se restableció hacia el 20 de octubre y la comunicación se recuperó por sí sola. La propia publicación de la NASA se titula "Voyager 1 Conserves Power, Resolves Brief Communications Pause".
El titular de ABC recoge una frase que explica la inquietud: «Es la primera vez que vemos a la nave espacial hacer algo así». Una primera vez es justo lo que a los ingenieros no les gusta de una máquina tan antigua. Todavía no hay una causa confirmada y publicada. Un medio, Okdiario, afirma que la NASA investiga un fallo en los propulsores, pero conviene tomarlo como no confirmado hasta que lo diga la agencia.
«Breve pausa» es el enfoque correcto, y esa es la buena noticia
La lectura dramática es que el Voyager 1 se está muriendo. Las fuentes no la respaldan. La sonda está a unos 24.000 millones de kilómetros, según Okdiario, y respondió a la Tierra de nuevo tras el hueco. Es difícil encontrar un argumento más convincente a favor de la ingeniería robusta que una nave envejecida que retomó por sí sola la conversación con nosotros.
Tampoco conviene pasarse al exceso de confianza. Woticia lo dijo sin rodeos: el episodio deja el aviso de que, en una misión tan veterana, casi cualquier problema puede ocurrir. Coincidimos, y añadimos que la debilidad está en la física, no en la mano de obra. La NASA señala que las Voyager funcionan con generadores de radioisótopos que convierten en electricidad el calor de la desintegración del plutonio, y que cada sonda pierde unos 4 vatios de potencia al año. Es un trinquete lento y de un solo sentido. La publicación de la agencia afirma que un paso al que llama Big Bang debería permitir que los instrumentos científicos que le quedan al Voyager 1 funcionen más tiempo del previsto. Conviene leer esa frase por lo que es: un presupuesto cuidadoso de un recurso que se agota, no una promesa de inmortalidad.
La sonda es vieja, pero el verdadero punto único de fallo es el puesto de escucha
Aquí nos separamos del tono habitual de necrológica. Todo el mundo habla de la edad de la nave. Menos gente se fija en que la única razón por la que sabemos algo de todo esto es que tres emplazamientos en tres continentes siguen apuntando antenas enormes hacia una señal tenue y mantienen la paciencia. Cuando falla un contacto programado, un equipo humano tiene que decidir si el problema está en la sonda, en el enlace o en el momento elegido, y después planificar la siguiente llamada. Según las informaciones, los ingenieros no sabían al principio qué ocurría a bordo. Aun así, tenían que averiguar cómo esperar bien.
Esa experiencia es el recurso escaso. La nave no se puede reconstruir y no vemos nada en el horizonte que la sustituya. La web científica de la NASA dice que ninguna nave ha llegado más lejos y describe al Voyager 1 como una sonda que sigue viajando por el espacio interestelar. Sea lo que sea lo que venga después, probablemente no llegará tan lejos ni tan pronto. En nuestra opinión, los datos interestelares del Voyager 1 serán prácticamente insustituibles durante mucho tiempo, y eso hace que la red en tierra sea menos una partida de gasto y más una infraestructura científica comparable a la propia sonda.
Nuestra recomendación es sencilla: financiar la Deep Space Network y a los ingenieros que la cuidan, y hacerlo antes del próximo silencio sin explicación, no después. El coste de unas cuantas antenas y de un equipo que conoce las manías de esta nave es pequeño comparado con el valor de lo que solo ella puede contarnos todavía.
Esperemos más silencios, y no los llamemos escándalos
Nuestro propio pronóstico, y solo es eso: más pausas, más renuncias para ahorrar energía y, con el tiempo, instrumentos apagados uno a uno. Nada de eso es un escándalo. Así termina una misión que supera con creces las expectativas más optimistas de sus diseñadores. El escándalo sería dejar que se deteriore la capacidad de escucha mientras el paciente todavía habla.
La próxima vez que el Voyager 1 se quede callado, la reacción útil no es el pánico. Es comprobar que alguien sigue al otro lado de la línea.
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