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Redacción Curisfera
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Cuando SpaceX retire el Falcon 9, el verdadero riesgo es la dependencia

Que una empresa privada cambie de catálogo no debería desbaratar a la Space Force. El adiós al Falcon 9 muestra que los gobiernos necesitan poder de negociación y alternativas reales.

Publicado
31 de octubre de 2026
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Foto: U.S. Space Force photo by Joshua Conti / Wikimedia Commons (Public domain)

¿Qué pasa cuando el camión más fiable de tu flota pertenece a otro y su dueño decide dejar de fabricar camiones? Esa es, en esencia, la situación en la que se encuentra el Gobierno de Estados Unidos ahora que SpaceX se aleja de su cohete más popular.

Según Politico, la Space Force anda a la carrera porque SpaceX planea retirar su principal cohete, una decisión que, según el medio, "podría poner en peligro la capacidad de Estados Unidos para lanzar satélites militares". El Confidencial explica la lógica como un cambio de prioridades hacia Starship, con el Falcon 9 relegado. La cobertura de Politico añade que otros fabricantes de cohetes han sufrido retrasos para poner en marcha sus vehículos, lo que deja al Pentágono en un aprieto.

La retirada es un plan, no una fecha, y ese es justo el problema

La precisión importa: el material del que disponemos no da una fecha de retirada y el Falcon 9 sigue volando a pleno rendimiento. Un Falcon 9 iba a llevar 27 satélites Starlink desde Vandenberg, el lanzamiento número 73 de la base en 2026, con un propulsor que volaba por decimoctava vez, y está prevista otra misión de un Falcon 9 desde la misma base con una carga de la Space Force. Así que no hablamos de una plataforma vacía. Es una dirección de viaje anunciada, y la inquietud tiene que ver con lo que venga después.

Las empresas retiran productos continuamente, y a menudo con buenas razones: un vehículo más nuevo es más barato, más capaz y concentra el esfuerzo de ingeniería. Creemos que la lógica de SpaceX es probablemente defendible como decisión de negocio. Mantener dos familias de cohetes es caro, y Starship es evidentemente donde la compañía quiere volcar sus esfuerzos.

El fallo está en el contrato, no en la tecnología

Si el Pentágono fue de verdad pillado por sorpresa, como sugiere el titular de Raw Story ("Pentagon blindsided..."), eso dice mucho. Solo tenemos el titular y un fragmento, así que no podemos afirmar hasta qué punto es exacta la descripción, pero el hecho de que resulte verosímil ya es revelador. Las agencias públicas compraron lanzamientos como quien compra una materia prima, cuando, a nuestro juicio, en realidad compraban la hoja de ruta de un único proveedor.

Eso es un fallo de contratación, no de tecnología. Toda dependencia a largo plazo en materia de seguridad nacional debería ir acompañada de esas cláusulas aburridas que nadie incluye en las notas de prensa: plazos de preaviso para descatalogar un vehículo, capacidad garantizada durante la transición y vías de certificación para los cohetes de sustitución que arranquen antes de que desaparezca el antiguo, no después. Un resumen de la noticia señala que la Space Force está revisando ahora su capacidad de lanzamiento, sus necesidades de certificación y sus planes de contingencia. Si es así, la revisión llega tarde.

Las alternativas no aparecen por encargo

Lo incómodo es que la competencia no se puede convocar por decreto. Una republicación de la noticia de Politico afirma que el Pentágono tiene pocas alternativas y que los competidores de SpaceX probablemente están a años de ofrecer servicios comparables. Conviene tomarlo como una caracterización y no como un hecho medido. Pero encaja con el panorama general: los vehículos rivales han sufrido retrasos, y un cohete no es un producto que se pueda escalar en un trimestre.

La NASA tampoco está a salvo. La misión Artemisa III, prevista para 2027 según La Sexta, probará el acoplamiento de Orion con los sistemas de alunizaje que desarrollan SpaceX y Blue Origin en órbita terrestre baja. Eso tranquiliza un poco, porque significa que la NASA tiene al menos dos desarrolladores de módulos de alunizaje en juego. Pero también recuerda que SpaceX está en el camino crítico de varios programas a la vez. Cuantos más papeles desempeña una sola empresa, más se convierte cualquier decisión interna sobre producto en un asunto de política pública.

Quién gana y quién pierde

SpaceX gana a corto plazo: su poder de presión es enorme y acaba de demostrarlo, a propósito o no. Los rivales podrían ganar a medio plazo si los gobiernos convierten este susto en pedidos en firme y calendarios financiados. El perdedor, si nada cambia, es el contribuyente, que acaba pagando un sobreprecio por la urgencia.

Nuestra recomendación es sencilla. Washington debería tratar este episodio como una lección de contratación pública, no como un drama. Hay que pagar por mantener viva una segunda y una tercera opción de lanzamiento aunque parezca un derroche económico, escribir obligaciones de transición en los contratos y dejar de dar por hecho que los intereses de un proveedor dominante seguirán alineados con los del público. La resiliencia siempre parece un gasto excesivo hasta el día en que salva una misión.

Nada de esto exige demonizar a SpaceX. Exige recordar que una empresa tiene derecho a optimizar en su propio beneficio, y que un gobierno tiene la obligación de optimizar en favor de otra cosa.

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