Física y química
Redacción Curisfera
Física y química

Acabar con el segundo intercalar es buena ingeniería, pero rompe un vínculo muy antiguo

La hora oficial dejará de esperar a la Tierra a partir de mayo de 2027, ocho años antes de lo previsto. El argumento técnico es sólido, pero conviene ser sinceros sobre lo que se pierde.

Publicado
24 de octubre de 2026
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Física y química

Foto: National Institute of Standards and Technology - Physics Laboratory: Time and Fr / Wikimedia Commons (Public domain)

¿Quién decide qué hora es: el planeta que pisamos o un átomo de cesio en un laboratorio? Durante casi toda la historia la respuesta fue el Sol. A partir del 20 de mayo de 2027, la respuesta oficial será el átomo.

La 28.ª Conferencia General de Pesas y Medidas, reunida en Versalles, ha votado el fin de los segundos intercalares. Expansión informa de que la fecha de cierre se ha adelantado ocho años respecto al objetivo original de 2035, y eldiario.es cuenta que Rusia emitió el único voto en contra. Desde 1972 se han añadido 27 segundos al Tiempo Universal Coordinado (UTC), el último el 31 de diciembre de 2016. Con la nueva norma, la diferencia permitida entre el UTC y el tiempo de rotación de la Tierra pasa de 0,9 segundos a 3.600 segundos, una hora entera.

El efecto en la vida cotidiana será nulo. Según Expansión, los relojes no darán saltos y los días no cambiarán de duración. El efecto en todo lo demás es precisamente el objetivo de la reforma.

Los ingenieros tienen razón, y la comparación con el efecto 2000 no es exageración

Un segundo intercalar es un suceso raro e irregular que el software debe gestionar sin apenas práctica. Nadie sabe con años de antelación cuándo hará falta uno, y algunos sistemas sitúan el segundo extra al final del día mientras que otros lo reparten a lo largo de varias horas. Ese batiburrillo ya ha causado daños: la mala gestión de junio de 2012 afectó a más de 400 vuelos de Qantas, según Infobae.

Lo que ha cambiado el calendario es la aceleración. La rotación de la Tierra se ha acelerado en los últimos tiempos, y el informe técnico que respalda la propuesta estima en torno a un 30 % la probabilidad de que en diez años haya el primer segundo intercalar negativo de la historia, según Expansión. Hasta ahora todos los segundos intercalares han añadido tiempo. Es posible que el software escrito para ese caso nunca se haya probado para restar uno, y los expertos citados allí comparan el esfuerzo de preparación con el del efecto 2000. Nos parece una comparación justa. Una solución que se aplica una sola vez gana siempre a un procedimiento de emergencia que casi nunca se ejercita.

Hay además una ironía digna de mención. Según eldiario.es, el deshielo de Groenlandia y la Antártida ha ido frenando el giro de la Tierra, lo que compensa en parte la reciente aceleración. Nuestra propia actividad es ya una variable en el problema del reloj, y esa es una razón más para no fijar una solución que dependa de predecirla.

La «definición más antigua del tiempo» ya se había perdido

Aquí matizaríamos la versión dramática de esta historia. El vínculo entre el segundo y la rotación terrestre se cortó en 1967, cuando el segundo pasó a definirse como 9.192.631.770 periodos de la radiación del cesio-133. Hace casi sesenta años que la Tierra no es el patrón de la duración del segundo. Lo que sobrevivía era un lazo más laxo: mantener la hora civil a menos de 0,9 segundos de la posición del Sol.

Ese lazo más laxo es el que termina ahora, y es un cambio real, aunque menor de lo que sugieren los titulares. Por primera vez se permitirá que el reloj de referencia mundial se aleje del cielo con un margen lo bastante grande como para notarlo. Creemos que es una pérdida más cultural que técnica. El mediodía dejará de ser una promesa sobre el Sol y pasará a ser una convención, algo que, para ser justos, ya era para cualquiera que viva en el extremo oriental de un huso horario.

La hora es una deuda, no una solución

Lo más flojo del paquete es lo que implica la «hora intercalar». Scientific American describe así el nuevo sistema, que aplaza la cuestión en lugar de resolverla. Se espera que una hora de desfase tarde varios siglos en acumularse, de modo que nuestros descendientes heredarán una decisión que nosotros hemos evitado. Quizá la gestionen mejor que nosotros, con mejores herramientas y, presumiblemente, una idea más clara de para qué sirve el tiempo. O quizá se enfrenten a un salto de una hora con muchísimo más software que el nuestro, en cada dispositivo del planeta.

Astrónomos y navegantes pierden también la comodidad de una corrección incorporada. Expansión señala que la diferencia seguirá pudiendo conocerse mediante la navegación por satélite y otros servicios especializados. Es tranquilizador, pero convierte una propiedad gratuita de la señal horaria en una consulta. Alguien tendrá que seguir publicando esos datos de forma fiable.

Veredicto

Hay que aprobar el cambio, pero sin despacharlo como una anécdota. Jubilar el segundo intercalar es la decisión correcta para las redes, los bancos y los satélites, que necesitan un único recuento compartido y sin interrupciones. Se cambia un poco de orden astronómico por mucha resiliencia, y se hace con honestidad, reconociendo el desfase en lugar de ocultarlo.

Pediríamos dos cosas. Primero, un plan público y claro para la eventual corrección de una hora, mucho antes de que sea necesaria, para que no se convierta en una sorpresa para las generaciones futuras. Segundo, algo más de franqueza al contarlo. El tiempo no «deja de seguir a la Tierra» de la noche a la mañana. La humanidad ha admitido sencillamente que el reloj de la pared sirve para coordinarnos, y que ahora el cielo se puede consultar cuando haga falta.

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