La caída del Swift prueba que seguimos dejando para el final la retirada de los satélites
Un observatorio de la NASA de 22 años cae sin propulsores que lo guíen. El riesgo es mínimo, pero la lección es que las misiones científicas deben diseñarse para su propio funeral.
¿Es un escándalo que un telescopio de la NASA caiga del cielo sin nadie a los mandos? No. ¿Es un síntoma? Sin duda. Y el síntoma importa más que los titulares sobre unos restos que podrían llegar a Brasil.
Esto es lo que ha pasado. El 23 de octubre de 2026, la NASA anunció que ponía fin a la misión del Observatorio Neil Gehrels Swift, que recogió sus últimos datos científicos el 20 de octubre. Swift se lanzó en noviembre de 2004 para una misión de dos años y estuvo en funcionamiento casi 22, dedicado al estudio de los estallidos de rayos gamma. Según Tech Times, observó más de 2.000 y contribuyó a unos 7.000 artículos científicos, y la resistencia atmosférica, agravada por la actividad solar, no dejó de tirar de él hacia abajo. La NASA indica que la reentrada se espera en las próximas semanas, y medios brasileños como CNN Brasil informan de que podrían caer fragmentos en ese país, sin fecha prevista.
El riesgo es pequeño y el pánico no es la historia
Las naves suelen desintegrarse en la reentrada, aunque el resultado depende de su construcción y de su trayectoria. La cobertura brasileña dice que la mayor parte del Swift debería desintegrarse, y que algunos fragmentos podrían sobrevivir. «Podría llegar a Brasil» habla de la traza de la órbita sobre la superficie, no es el pronóstico de que algo vaya a caer en un tejado. No perderíamos el sueño por esto y desconfiaríamos de los titulares que sugieran lo contrario. La documentación no da ninguna probabilidad de impacto, así que no vamos a inventarnos una.
El Swift nunca se diseñó para ser rescatado, ni para marcharse
El detalle interesante es el diseño. El Swift no tenía propulsores capaces de contrarrestar la resistencia atmosférica. Así que, cuando su órbita decayó, a la NASA solo le quedaba improvisar: pagar 30 millones de dólares, según Tech Times, a Katalyst Space Technologies para construir una pequeña nave, LINK, que agarraría el telescopio con tres brazos robóticos y lo elevaría. LINK se lanzó el 3 de julio de 2026, pero unos fallos en el control de actitud, entre ellos problemas con las ruedas de reacción, la dejaron girando sobre sí misma, y el intento se abandonó en agosto.
Hay que juzgar ese esfuerzo con benevolencia. Pasar del contrato al lanzamiento en menos de un año es notable, y LINK llegó a unos 12 o 15 kilómetros del Swift y devolvió imágenes. Pero rescatar un satélite que nunca se diseñó para recibir mantenimiento es un plan B heroico, y los planes B heroicos fallan. A nuestro juicio, el fracaso dice menos de Katalyst que de una costumbre: diseñamos los satélites científicos para hacer ciencia y tratamos su final como un problema ajeno, para más adelante.
Diseñar para la retirada o aceptar que el cielo es un vertedero
Nuestra recomendación es clara. Toda misión científica en órbita baja debería llevar, desde el primer boceto, una forma financiada y probada de poner fin a su vida: propulsante reservado para un descenso controlado, un punto de acoplamiento o una órbita elegida para que la caída sea rápida y predecible. Eso añade coste y masa, y los científicos protestarán, porque cada kilo de material de retirada es un kilo de instrumento que no vuela. Creemos que merece la pena.
El Swift es un caso leve, porque baja por sí solo y casi todo se quemará. La lección más dura es que su éxito escondió el problema. Superó en dos décadas su vida útil prevista, de modo que nadie tuvo que afrontar el final hasta que llegó, con un Sol más activo y una altitud cada vez menor. La longevidad es maravillosa, pero no es un plan de retirada.
El veredicto: celebrar al Swift por lo que hizo, ignorar el catastrofismo sobre Brasil y exigir que la próxima generación de observatorios se construya sabiendo cómo van a morir. Es posible que las misiones de mantenimiento como LINK acaben siendo rutinarias, y sus datos de ingeniería podrían ayudar. Hasta entonces, planificar el funeral en el momento del lanzamiento sale más barato que un rescate.
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