Animales y naturaleza
Redacción Curisfera
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Hongos a 500 metros de profundidad: redefiniendo la vida y el carbono

Un reciente descubrimiento de comunidades fúngicas prosperando bajo la superficie de Michigan, extrayendo energía de rocas antiguas, nos obliga a repensar los límites de la vida en la Tierra y su impacto en los ciclos globales del carbono.

Publicado
17 de octubre de 2026
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Foto: Édouard Bergé ( Raoudoudou ) / Wikimedia Commons (CC BY 3.0)

¿Y si gran parte de lo que creíamos saber sobre los requisitos fundamentales para la vida en la Tierra —luz solar, oxígeno, nutrientes a nivel de la superficie— fuera solo un capítulo en una historia mucho más grande y oscura? Un reciente descubrimiento en Estados Unidos sugiere exactamente eso, revelando un mundo oculto bajo nuestros pies donde la vida compleja prospera contra todas las expectativas convencionales. Este profundo hallazgo no se trata simplemente de organismos que sobreviven en condiciones extremas; se trata de una reevaluación completa de las zonas habitables de la Tierra, el ciclo del carbono del planeta e incluso el propio potencial de vida más allá de nuestro mundo.

Científicos liderados por un equipo de la Universidad de Michigan han desenterrado extensas y diversas comunidades fúngicas que florecen a cientos de metros de profundidad dentro de la formación de esquisto Antrim, bajo el estado de Michigan. Estos hongos fueron encontrados en muestras de agua extraídas de pozos de gas, aisladas de la superficie durante unos asombrosos 11.000 años, desde el final de la última Edad de Hielo. El estudio, publicado en The ISME Journal el 29 de julio de 2026, detalla la identificación de 689 unidades taxonómicas distintas de hongos, de las cuales 13 representan especies potencialmente nuevas, junto con otros organismos multicelulares complejos como tardígrados y gusanos.

Esto no es solo una simple colección de microbios; es un ecosistema vibrante y autosuficiente que desafía la noción del subsuelo profundo como un desierto biológico. Operando en un ambiente desprovisto de luz y con oxígeno mínimo, estos hongos han desarrollado estrategias extraordinarias para aprovechar la energía y los nutrientes de su entorno ancestral.

Redefiniendo los extremos de la vida

Durante generaciones, nuestra comprensión del fundamento energético de la vida ha estado inextricablemente ligada al sol. La fotosíntesis alimenta la gran mayoría de los ecosistemas superficiales, y la quimiosíntesis ocupando nichos especializados. Sin embargo, este descubrimiento de Michigan le da la vuelta a ese paradigma. Aquí, a profundidades que van desde los 247 hasta los 556 metros, los hongos están consumiendo activamente materia orgánica antigua atrapada dentro del esquisto Antrim, una formación rocosa depositada hace unos 380 millones de años. Estamos viendo productores primarios, no de energía basada en la luz, sino de sustento derivado de la roca.

La investigación sugiere una sofisticada red metabólica en juego. Estos hongos emplean un enfoque multifacético: secretan ácidos orgánicos como los ácidos láctico, acético, oxálico y cítrico directamente sobre el esquisto. Esta corrosión química, un proceso conocido como meteorización biológica, disuelve minerales y libera carbono y nutrientes, que los hongos absorben posteriormente. Además, se dedican al parasitismo y la depredación, utilizando sus hifas para penetrar y alimentarse de comunidades bacterianas subterráneas y otros microorganismos microscópicos que comparten su hábitat acuático. Complejas relaciones simbióticas con bacterias mejoran aún más su capacidad para procesar compuestos de la roca, creando un ciclo energético de circuito cerrado donde nada se desperdicia. La gran abundancia, con hasta 6.800 células fúngicas por mililitro de agua, comparable al agua oceánica, subraya que esta no es una existencia marginal, sino una biosfera próspera e integrada.

El subsuelo: un actor crucial en los ciclos de la Tierra

Las implicaciones de esta actividad subterránea se extienden mucho más allá de las curiosidades biológicas. Los geocientíficos y biólogos fúngicos creían anteriormente que gran parte del carbono orgánico del planeta, un estimado del 90% almacenado en las profundidades subterráneas en combustibles fósiles y esquisto, permanecía en gran medida inerte. La revelación de que estos hongos están descomponiendo y consumiendo activamente este material antiguo sugiere un ciclo del carbono subsuperficial mucho más dinámico de lo que se había tenido en cuenta anteriormente. A medida que procesan este carbono, podría convertirse en gases como el metano y el dióxido de carbono, influyendo potencialmente en las concentraciones atmosféricas y, por extensión, en los modelos climáticos globales. Como señala Quinn Moon, autora principal, esto exige una reevaluación fundamental de cómo calculamos el movimiento del carbono, mientras que el autor principal Tim James enfatiza que los hongos deben incorporarse en los modelos de ciclo y secuestro de carbono del subsuelo.

Esto también plantea preguntas críticas sobre la intervención humana. Las industrias perforan con frecuencia estas formaciones profundas e inyectan biocidas sin un conocimiento completo de la biodiversidad única que podrían estar impactando. Perturbar estos ecosistemas aislados durante mucho tiempo podría tener consecuencias imprevistas, no solo para la vida dentro de ellos, sino para los ciclos biogeoquímicos más amplios que ayudan a regular. Nos arriesgamos a destruir bolsas únicas de biodiversidad antes incluso de comprender su pleno significado o potencial.

Una nueva lente para la astrobiología

Quizás uno de los aspectos más emocionantes de este descubrimiento radica en su significado astrobiológico. La búsqueda de vida más allá de la Tierra a menudo se centra en planetas y lunas con condiciones similares a nuestra superficie: agua líquida, una atmósfera estable y una fuente de energía clara. Sin embargo, este hallazgo muestra vida prosperando en un aislamiento extremo, en las profundidades subterráneas, impulsada por procesos geoquímicos en lugar de energía estelar. Esto amplía enormemente nuestra definición de un hábitat potencial para la vida, lo que sugiere que podría existir vida en lugares del sistema solar, o incluso más allá, donde antes no la habíamos buscado, desde el subsuelo de Marte hasta las lunas oceánicas de Júpiter y Saturno. De hecho, este descubrimiento refuerza la idea de que la vida en el universo podría ser mucho más común y diversa de lo que imaginamos.

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