Animales y naturaleza
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El juego de los abejorros no es solo adorable: reescribe la cognición animal

Un nuevo estudio que demuestra que los abejorros ruedan bolas de madera voluntariamente y sin recompensa desafía las visiones tradicionales del juego, impulsándonos a repensar la inteligencia y la sintiencia de los insectos.

Publicado
19 de octubre de 2026
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¿Puede un insecto "jugar" de verdad? Durante generaciones, el concepto de juego se ha asociado casi exclusivamente con mamíferos y aves, criaturas con cerebros complejos y estructuras sociales que se alinean con nuestra comprensión antropocéntrica de la inteligencia. Sin embargo, un nuevo y fascinante estudio de la Queen Mary University de Londres sugiere que podríamos tener que replantearnos fundamentalmente este límite, ofreciéndonos un atisbo de la inesperada vida interior de criaturas aparentemente tan simples como el abejorro.

La investigación, publicada en Animal Behaviour en octubre de 2022, observó a los abejorros manipulando repetidamente pequeñas bolas de madera sin ninguna recompensa externa, como alimento. Esto no es un mero reflejo; es un comportamiento que cumple los criterios científicos para el juego animal, planteando preguntas profundas sobre qué constituye la conciencia y el disfrute en el reino animal.

Redefiniendo "juego": una distinción crucial

Para comprender la importancia de este descubrimiento, primero debemos aclarar qué constituye "juego" en el sentido científico. Los investigadores lo definen como un comportamiento repetido que no proporciona ningún beneficio funcional inmediato: ni alimento, ni refugio, ni oportunidad de apareamiento. Esta distinción es fundamental porque, si bien un estudio anterior de 2017 demostró que los abejorros podían ser entrenados para rodar bolas a cambio de un premio azucarado, el trabajo más reciente eliminó específicamente esa recompensa. Dirigido por Samadi Galpayage del laboratorio de Lars Chittka, el equipo observó a 45 abejas realizar 910 acciones de rodar la pelota durante 54 horas, con algunos individuos regresando una y otra vez. Es importante destacar que estas actividades se produjeron en momentos y frecuencias diferentes a las de la alimentación, lo que indica motivaciones distintas. Las abejas más jóvenes y los machos, en particular, mostraron un mayor interés en estas actividades aparentemente sin sentido, añadiendo otra capa a la complejidad.

Esta evidencia desafía la antigua suposición de que el juego con objetos está reservado para criaturas con funciones cognitivas sofisticadas, principalmente mamíferos y aves. El abejorro, un polinizador grande y peludo crucial para cultivos como la maracuyá, los tomates y los pimientos, no se asocia tradicionalmente con actividades de ocio complejas. Este estudio no solo añade una nueva especie a la lista de 'jugadores'; amplía drásticamente el alcance de lo que consideramos un animal 'jugador', empujando los límites mucho más allá de los vertebrados.

Más allá del instinto: ¿un atisbo de la mente de los insectos?

Las implicaciones de esta investigación van mucho más allá de la mera curiosidad. El comportamiento de juego se considera una pieza significativa del rompecabezas para determinar la sintiencia animal, la capacidad de tener sentimientos y experiencias subjetivas. Como señala Heather Browning, experta en bienestar animal y filósofa de la Universidad de Southampton, la evidencia de características como el juego, la estructura cerebral compleja y la capacidad de aprendizaje colectivamente "aumenta la probabilidad de sintiencia". Este estudio, añade, "parece apuntar en esa dirección", según informó Scientific American.

Hemos visto cambios similares en nuestra comprensión de otros grupos de invertebrados. Los cefalópodos, por ejemplo, han forzado una reevaluación de la inteligencia no vertebrada. Las observaciones de la bióloga marina Alex Schnell de sus sepias reconociéndola después de años de contacto, combinadas con estudios controlados que muestran que las sepias pasan pruebas de autocontrol comparables a las de los chimpancés y recuerdan eventos de alimentación específicos, han sido fundamentales. Esta evidencia acumulada incluso llevó al Reino Unido a reconocer legalmente a los pulpos, calamares y sepias como sintientes bajo la ley de bienestar animal, según informó A-Z Animals. Si las sepias con sus células nerviosas distribuidas pueden demostrar tales hazañas cognitivas impresionantes, ¿por qué deberíamos asumir que los insectos son incapaces de algo más allá del instinto programado?

Por supuesto, las motivaciones exactas detrás del rodado de bolas de las abejas siguen siendo un misterio. Olli Loukola, quien dirigió el estudio anterior basado en recompensas, se pregunta si es una "necesidad innata de desarrollar habilidades motoras", en lugar de puro placer. Determinar los impulsores emocionales o cognitivos requeriría más investigación, quizás analizando la actividad de los neurotransmisores durante el juego. No obstante, la existencia misma de la manipulación voluntaria y no recompensada de objetos en un insecto nos obliga a considerar un mundo interno más rico de lo que se había imaginado previamente.

El mundo invisible: repensando nuestro lugar en la naturaleza

Este descubrimiento nos obliga a confrontar nuestros sesgos sobre la inteligencia y la sintiencia. Si los abejorros, criaturas cuyos cerebros son muy diferentes a los nuestros, pueden participar en lo que parece ser un juego, ¿qué nos dice esto sobre el vasto espectro invisible de la conciencia animal? Demanda una visión más humilde y expansiva del reino animal, una que vaya más allá de las categorizaciones simplistas.

Para Curisfera, esta investigación representa un paso crucial para comprender la verdadera amplitud de la biodiversidad y la cognición. Es un potente recordatorio de que nuestro viaje científico es de descubrimiento continuo, a menudo derribando creencias arraigadas. Debemos seguir investigando estos comportamientos con rigor y una mente abierta, no solo para profundizar nuestro conocimiento del mundo natural, sino también para informar nuestras responsabilidades éticas hacia todos sus habitantes. El juguetón abejorro no es solo una linda anomalía; es un pequeño y zumbante filósofo que nos desafía a pensar en grande sobre lo que la vida realmente significa.

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