Planeta y clima
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Décadas de negligencia en aguas profundas: la bomba de residuos de efecto retardado del Atlántico

El descubrimiento de barriles radiactivos con fugas en el Atlántico es un crudo recordatorio de la complacencia ambiental del pasado, que exige una acción internacional urgente más allá de la mera supervisión.

Publicado
20 de octubre de 2026
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Foto: null / Wikimedia Commons (CC BY 4.0)

¿Qué ocurre cuando la responsabilidad ambiental pasa a un segundo plano frente a la conveniencia? La crisis que se está desarrollando con 200 000 barriles radiactivos, vertidos deliberadamente en el océano Atlántico entre 1950 y 1990 y que ahora tienen fugas a profundidades que superan los 4700 metros, ofrece una respuesta escalofriante. Esto no es solo un hallazgo arqueológico de residuos olvidados; es una cruda revelación de la negligencia ambiental del pasado que se manifiesta como una catástrofe a cámara lenta, lo que nos obliga a afrontar las consecuencias a largo plazo de nuestras acciones históricas.

Expediciones científicas recientes, en particular el proyecto NODSSUM liderado por el CNRS de Francia, han desplegado sumergibles avanzados como UlyX y Nautile para cartografiar e investigar estos depósitos de aguas profundas. Estas misiones, que comenzaron en junio de 2025, han confirmado lo que muchos temían: los barriles están en un estado avanzado de corrosión, con algunos visiblemente abiertos, liberando su contenido radiactivo directamente en las aguas abisales. Los científicos han recogido muestras de agua, sedimentos y organismos marinos, detectando niveles de radionucleidos más altos de lo inicialmente previsto en estas regiones aisladas del océano.

Los ecos de un pasado imprudente

La práctica de utilizar el fondo marino como vertedero de residuos nucleares fue, en retrospectiva, un profundo error arraigado en una comprensión limitada de los ecosistemas marinos y una creencia predominante de que las profundas llanuras abisales estaban «sin vida» y aisladas, lo que las hacía ideales para la eliminación de «residuos peligrosos sin riesgo aparente». Entre 1950 y 1990, varios países europeos —incluidos el Reino Unido, Bélgica, los Países Bajos, Suiza, Alemania y Francia— optaron por este enfoque, viéndolo como la solución más barata y sencilla para la eliminación de residuos nucleares y de laboratorios de investigación, según UOL Ecoa y Nautica.com.br. Esta práctica continuó hasta que fue prohibida en 1993.

Durante estas décadas, se estima que se desecharon 200 000 barriles solo en el Atlántico nororiental, a profundidades que oscilan entre los 3000 y los 5000 metros. Estos contenedores albergaban una gran variedad de materiales radiactivos, desde equipos de laboratorio contaminados y ropa protectora hasta residuos médicos, industriales y de reactores nucleares. Aunque se trata principalmente de residuos radiactivos de baja y media actividad, algunas sustancias, como el estroncio-90, el cesio-137 y el plutonio-239, plantean riesgos importantes. El estroncio-90 puede causar tumores óseos y leucemia, mientras que el cesio-137 se liberó durante el desastre de Chernóbil. El plutonio-239 es especialmente preocupante debido a su vida media de más de 24 000 años, lo que significa que su radiación solo se reduce a la mitad durante este vasto período. La radiactividad total de estos barriles se estima en 36 petabecquerelios (PBq), lo que representa menos del 1 % de la radiación liberada durante el desastre de Chernóbil, como señala Nautica.com.br.

Revelando la amenaza de las aguas profundas

Los esfuerzos científicos actuales, en particular la misión NODSSUM, están diseñados para crear un mapa completo de todos los vertederos identificados y evaluar el impacto ambiental. Un equipo de 21 investigadores internacionales a bordo del buque de investigación L'Atalante está al frente de este esfuerzo. Su metodología implica el uso de submarinos robóticos avanzados como UlyX para sobrevolar los materiales con sónar y cámaras, capturando imágenes y cartografiando el terreno. Una segunda expedición, prevista para 2026, tiene la intención de utilizar vehículos tripulados o robots con brazos mecánicos para una inspección más exhaustiva. La expedición inicial ya ha cartografiado 3355 posibles barriles y recogido numerosas muestras de agua, sedimentos y organismos marinos, según informó Olhar Digital.

Los hallazgos confirman los temores: muchos barriles muestran daños estructurales importantes, corrosión y fugas visibles, con material solidificado que a veces aparece fuera de los contenedores. Las pruebas han detectado niveles de radionucleidos por encima de lo que cabría esperar en estas regiones oceánicas aisladas, según Itatiaia.com.br. Si bien la intensidad de la radiación liberada se considera actualmente baja, los investigadores advierten que aún puede alterar el medio ambiente para las especies vulnerables de aguas profundas. Pedro Nogueira, bioquímico a bordo de L'Atalante, confirma que se han detectado pequeñas cantidades de radiactividad en sedimentos y organismos de aguas profundas cerca de los antiguos depósitos. Sin embargo, también afirma que los datos actuales indican un riesgo muy bajo para las regiones costeras o la salud humana, ya que la radiactividad en el pescado y el marisco permanece muy por debajo de los límites de consumo seguros, según publicó DW.com.

El imperativo de la vigilancia continua

La recuperación de estos barriles corroídos de profundidades de casi 5000 metros es una tarea inmensamente compleja, costosa y potencialmente arriesgada con la tecnología actual. Por lo tanto, la estrategia principal se centra en el seguimiento continuo de las zonas afectadas, como señala CNN Brasil. Patrick Chardon, líder del proyecto NODSSUM, estima que la radiactividad en la gran mayoría de los residuos se desintegrará en 300 o 400 años, pero alrededor del 2 % de los residuos tiene una duración de radiación significativamente más larga, principalmente debido a elementos como el plutonio-239. Esto subraya la necesidad de estrategias a largo plazo.

El seguimiento continuo es esencial no solo para detectar rápidamente futuros cambios en la contaminación radiactiva, sino también para comprender la tasa de dispersión de los contaminantes y sus efectos a largo plazo en la vida marina. Los expertos abogan por protocolos estrictos para evitar la pesca o la explotación minera en estas zonas de alto riesgo, junto con inversiones en tecnología submarina para cartografiar nuevos puntos de fuga antes de que se produzcan impactos ambientales irreversibles, según informó Itatiaia.com.br. Este desafío va más allá del seguimiento de los barriles conocidos para identificar otros lugares de eliminación no cartografiados. La cooperación internacional entre gobiernos y centros de investigación es indispensable para afrontar este legado de residuos atómicos y garantizar la preservación de los ecosistemas marinos para las generaciones futuras. La historia de los barriles radiactivos del Atlántico es un testimonio de las consecuencias duraderas de decisiones pasadas, lo que exige nuestra persistente atención científica y responsabilidad colectiva.

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